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leyendas de los indios quichuas
las llamas rumiadoras, la noche aviva el sentimiento triste y el indio se aproxima lentamente al río sagrado, donde se arrastran los cristales del agua en murmuradora y apacible calma.

El cuadro no está alumbrado por la luz explendorosa del Dios antiguo que preside el día, sino por la luz velada y apacible de la eterna confidente de los afectos tiernos del corazón.
El Guainamunay, enamorado, acompañado de su guitarrilla de cinco cuerdas ó de su quena, se interna en la corriente y escucha en medio de la quietud, las cuitas eternas y las sentidas quejas del agua que remueve los guijarros.
Al eco de las guairas (auras) se conmueven las