Pero, en el momento que vuelve el caballo para partir, siente que una mano se apoya sobre su muslo, del lado de montar, y la voz de Sandalio misteriosa, que le dice en lo obscuro: —Vea, don Panchito, me va a hacer el favor, por lo que más quiera... No le diga al patrón que ha estado aquí...
—¿Al patrón? ¿y por qué?
—Por nada; no sé, no le gusta, no quiere que naides venga al puesto.
El joven se incomoda.
—Pero ¿por qué? ¡Qué jorobar! ¿Qué cuentos son ésos?
—No son cuentos, don Panchito. ¿El patrón no li ha dicho acaso que no quiere que venga naides por aquí?
—¿A mí?
—¡Ah, ah!
—¿A mí? ¿Qué tiene que decirme a mí?...
¡A mí no me dice un cuerno !
Y don Panchito bruscamente, lleno de cólera y sintiendo que la sangre afluye a su cabeza, cierra las piernas al gateado y se aleja a través del patio resbaloso, murmurando quién sabe qué amenazas y con el corazón más negro que la noche.
Sandalio se queda allí por espacio de un mómento, y luego entra en la cocina cabizbajo y rascándose la nuca.