IX
Es una mañana templada y límpida, una mañana alegre como la risa franca de la infancia.
Don Panchito, que ha madrugado mucho a pesar de las fatigas del día anterior, está ahora sobre la alta plataforma del molino haciendo el mecánico. Bibiano le asiste en su tarea y aparece allá, al extremo de la escalera galvanizada, como un insecto negro, adherido a la punta de una paja.
Se trata de cambiar dos bulones en el remate de la varilla, dos bulones que se han quebrado y cuyos sustitutos no pudo conseguir don Panchito el día anterior, pero que acaba de traer de San Luis el mensual de campo, hace un momento.
Don Panchito debe estar muy alegre, porque silba y canta, allá arriba, mientras ajusta las tuercas, esas grandes tuercas enaceitadas que ponen en sus dedos manchas retintas, y porque bromea de cuando en cuando con Bibiano, nada tranquilo al parecer, en la eminente posición que ocupa.