Bah, bah, bah!
—Te dije que era una gramínea...
Ah, sí! ¡ mucho adelantamos con eso!
i Don Panchito, apoyado en el respaldo de la cama, se muerde los labios y medita cejijunto y serio. Aquellas palabras de su padre lo mortifican, porque cree que las dice convencido de su falta de preparación; pero el joven se equivoca: don Pancho las ha dicho porque está nervioso y porque su perversidad de hipocondriaco necesita desahogarse con alguno, aunque este alguno no sea otro que su propio hijo. Y si no, que lo digan esos ojillos inquietos y brillantes, y su media sonrisa que hace ante el espejo, mientras fricciona vigorosamente con petróleo su calva reluciente.
Don Panchito tiene los ojos turbios, y medita por espacio de algunos minutos, hasta que al cabo dice: Naturalmente! Para vos, tengo que ser un ignorante, un bruto... para vos, que entendés tanto de estas cosas de campo, que hace veinte años que estás viendo ahogarse las ovejas todos los inviernos sin poder evitarlo. ¡ Ji, ji, ji !
Y don Panchito se ríe con una risita irrespetuosa y mala, que hace bailar los ojos de su padre bajo los párpados entornados.
—Yo, en cambio, en cuanto he venido, me de dado cuenta de la cosa.
¡Ah, sí!