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Página:Los caranchos de Florida (1916).djvu/133

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Bibiano entra en ese momento con el mate, y lo entrega al pulpero. El gallego, mirando el suelo pensativo, alarga sus labios sonrosados sobre la bombilla de plata, y los tragos resuenan en su gaznate, bruscos y enormes como los tragos de un buey. Don Pancho, pensativo también, pero sonriente, juega en su escritorio con un gran cortapapel de marfil, ya amarillo de tan viejo, y Bibiano, plantado junto a la puerta, se defiende de las moscas pegajosas, con manotones mecánicos. El sol cae sobre el techo de cinc como una lluvia de fuego, y se trasluce, rojizo, a través de los postigos cerrados, de los postigos aquellos, cuyas vetas obscura, marcadas como en un transparente, se ablandan bajo la acción del calor, esparciendo en el recinto, limpio y estrecho, un suave olor de resina.

El pulpero devuelve el mate.

—Gracias, hijito y luego, animado y risueño, pregunta a don Pancho: —¿Con que, entonces, ha venido el muchacho? Debe estar hecho un hombre ¿verdad? ¡ Caramba! ¡Cómo hubiera querido verlo! Ya tenemos un ingeniero en el cuartel.

—Sí—responde don Pancho.—Sí, ya le digo, cuando usted llegó, él acababa de irse. Está tan alto como yo.

—Sí, sí, y debe saber mucho ¿no? En Europa se enseña.

CARANCHOS.-