Aquel recado, hecho todo con prendas regaladas a su dueño por diferentes personas y en distintas épocas, le sienta a maravilla; y por más que el cabestro formidable de cogote de toro no se avenga con el poema de trenzas del bozal, ni la ancha cincha sucia y manchada con el sobrepuesto flamante de cuero de carpincho, el conjunto es armónico, y el obscuro se muestra orgulloso de sus prendas, allí, rienda arriba, amusgadas las orejas y haciendo balancear la fina pontezuela de plata en los movimientos nerviosos de su cabeza impaciente.
El caballo del pulpero, allá, en el palenque, ofrece con el del patrón un contraste completo.
Es un tordillo negro, anguloso y flaco, que se duerme con la cabeza gacha, sin ver que las riendas se han desatado del poste y se arrastran por el suelo dejándolo en libertad. El tordillo de don Manuel no lleva ni bozal ni cabestro, y el gran cojinillo negro se ajusta al recado por medio de una sobrecincha de tantos colores, que, vista desde lejos, parece un retazo de alfombra.
Es que don Manuel opina, como todos sus paisanos, que el caballo en el campo sólo es una máquina que sirve para transportarse de un punto a otro, una máquina para cuyo funcionamiento resultan completamente innecesarias muchas de esas prendas que el hombre de nuestros campos supone imprescindibles.