Don Manuel se dirige hacia el palenque, castigando siempre con la lonja de su rebenque las cañas de sus botas crujidoras, y el patrón, después de tomar el cabestro de manos de Bibiano, monta, pisando apenas el pequeño estribo negro de asta de búfalo, sobre aquel gran caballo obscuro que no se mueve y que permanece firme y erguido en un desplante soberbio.
—Decile a Cosme que me haga agarrar el azulejo.
—Si, seor, sí.
—Que haga sacar el ternero, ése que se ha entrado en la quinta.
—Sí, seor, sí.
—Yo no sé dónde tienen los ojos ustedes.
—Sí, seor...—pero Bibiano sofrena a tiempo, dándose cuenta de su error.
No ven nada!... Bueno, hasta luego.
Y el patrón se dirige lentamente hacia el palenque, donde don Manuel está cinchando su tordillo.
Cinco segundos más tarde, y en momentos en que Bibiano recoge apresuradamente unos cascotes para cazar un chingolo que ha venido a posarse en el linde del patio, don Pancho silba desde lejos, y el muchacho, arrojando sus proyectiles, va hacia allá a la carrera, a través de los yuyos.
—¿Seor?
—Mirá, si Panchito pregunta por mí, le di-