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Página:Los caranchos de Florida (1916).djvu/144

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recen siglos, y al cabo dice, levantando la vista y mirándolo en los ojos, entre despreciativo y curioso: —Pero decime... ¿ vos no tenéis vergüenza?

—¿Yo, patrón?—y el pobre viejo pone una cara de asombro temeroso.—¿ Yo, patrón?

Entonces don Pancho sacude la cabeza, y dice sonriendo, mientras castiga el suelo con la lonja de su rebenque: —Andá, andá, que le den agua a mi caballo... ¡andá!

Vase el gaucho cabizbajo y sin decir más, arrastrando sus alpargatas embarradas sobre el piso de tierra endurecida, y el patrón lo mira alejarse con los párpados entornados y su eterna sonrisa mala dibujada en los labios finos.

Un perro amarillo, flaco y grandote se acerca entonces despacio, y viene a olisquear sus botas mansamente. El patrón lo ahuyenta con un rebencazo sonoro y cruel, con un rebencazo que lo hace correr a través del patio con el lomo arqueado y lanzando gritos lastimosos.

—¡ Tomá, sarnoso! ¡ tomá pa que aprendás!

En ese momento aparece Rosa con un mate en la mano, y viendo el perro, que echado en el suelo trata de lamerse el lomo dolorido, exclama a manera de disculpa: —Pucha con los animales estos! ¡ Siempre han de estar encima de la gente!

—¿Y...? ¿y Marcelina?