XV
Bajo el sol matutino, que comienza a hacer sentir sus rigores, el nervioso alazán galopa largo y tendido, cortando campo.
Aunque pálido y con esas grandes ojeras que pone en ciertas naturalezas el desgaste nervioso, don Panchito viene contento, como si aquella noche de agitación y de insomnio hubiera servido para borrar todo el horror de las preocupaciones pasadas.
Se admira de no sentir ni sueño ni cansanció; y, mientras con ojos brillantes recorre toda la amplitud del paisaje, apura a grandes sorbos el aire tibio, el aire embalsamado por los aromas del pastizal maduro, y sonríe complacido con aquella su boca pequeñita y mala, cada vez que el caballo abate la cabeza en su arrogante escarceo.
Ha dejado a la izquierda el puesto de la laguna de Los Toros, el puesto aquel cuyos ranchos blanquizcos, semiocultos entre el follaje que azula la distancia, parecen animales mañe-