—¡ Sí, palabra! En usted y en otras cosas.
Otras cosas? ¿Qué? ¡ Digamé !
—¿ —¡ Ah, no, no se puede!
Y mientras ella le mira con un despecho inocente en sus ojos negros, don Panchito piensa, en efecto, piensa otra vez, cómo hará para preguntar aquello que lo está mortificando desde hace rato, y que, por más que rechace con toda su alma, quisiera oir desvirtuar por ella misma, para quedarse contento para siempre.
—Es una estupidez—se dice ;—pero ¡ yo sería tan feliz si se lo oyera! Es la única sombra que empaña mi alegría, es lo único que impide en estos momentos que yo sea completamente feliz. ¡Qué fastidio! ¡ Siempre mis cosas han de resultar así!
Marcelina insiste en voz baja: —¿No me dice, entonces, don Panchito?
—¿El qué, Marcelina?
—Eso que pensaba.
¡Ah! y el joven, con aire distríado, la mira sonriendo.—No se puede, Marcelina—repite. Es un secreto.
Ella tiene entonces un pequeño gesto de impaciencia.
—Es malo—exclama como si hablara con un chico. Es malo, don Panchito.
—¿Malo yo, Marcelina?
—Sí, ¿por qué no me dice?
El joven va a contestar algo sin duda; pero,