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Página:Los caranchos de Florida (1916).djvu/196

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—En casa subo con un banquito; pero aquí...

—y tiende la vista a todos lados.—Aquí no hay nada que pueda servirme, no.

—No, nada.

Marcelina, llena de risa y de cosquillas, toma las riendas y apoya las manos sobre el borrén delantero.

—Junte los tacos—dice don Panchito.—Levántelos ahora... ¡ Upa!

Marcelina se sienta sobre la montura, pero se ha puesto muy seria. Su cara morena tiene el color de la púrpura, y sus ojos evitan los ojos de don Panchito.

—¡ No ve qué fácil!

¡Ah, ah!

Y sin esperar que el joven monte a caballo, la moza aplica un sonoro lonjazo al petiso, que comienza a andar lentamente.

Don Panchito la alcanza.

—¿Está enojada, Marcelina?

—No, don Panchito. ¿Por qué?

—Sí, está ; míreme a la cara, entonces...

Y ella lo mira, encarnada todavía, pero con un aire que quiere hacer indiferente.

—No, no...

— Sí, sí!... Perdóneme, Marcelina, fué sin querer—y don Panchito se pone serio a su vez.

—Perdóneme, Marcelina...

Ella sonríe entonces, y dice sin mirarle: