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miradas a la bombacha, que bajo aquel sol de fuego comieza a despedir vapores como una bestia sudada.
Al cabo el mozo levanta la cabeza.
—Bueno—dice bruscamente, pasándose la mano por sus cabellos despeinados y escasos ;bueno; me vas a traer el caballo, ahí junto a mi cuarto.
—¿Se lo hacen ensillar, don Panchito?
—No; tráemelo vos.
Y como el muchacho hace acción de recoger la bombacha, don Panchito le ordena con un gran grito de loco: — No! ¡ deje eso ahí, ahí donde está !