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Página:Los caranchos de Florida (1916).djvu/219

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boles, único accidente visible en aquella inmensa planicie que aniquila el sol de la tarde.

El mozo se detiene un momento, después de abrir la tranquera, y hace una verdadera matanza de tábanos sobre el pescuezo y sobre los encuentros del pobre caballo, que no puede estarse quieto y que, con la cabeza baja, alarga el cuello, creyendo, sin duda, que don Panchito va a librarlo por fin de la tortura horrible del bocado.

Las manos rencorosas del mozo aplastan tábanos y más tábanos sobre la piel caliente y húmeda; pero llegan tantos de todas partes que, fatigado al fin y con los dedos manchados de sangre, resuelve abandonar la tarea, y montando de nuevo echa su ruano al galope.

Don Panchito sabe que es cosa de gringo eso de llegar a las poblaciones al galope, y por lo tanto, a distancia discreta de las casas, levanta su caballo y se acerca despacio. No se nota en ella el menor movimiento; se diría que está abandonado aquel viejo edificio, de ladrillos sin revocar y que la humedad de los grandes árboles ha cubierto de un musgo amarillento, si una delgada espira de humo no saliese de la chimenea enegrecida, disolviéndose de inmediato en la irradiación intensa del ambiente.

Don Panchito llega y detiene su caballo junto al cerco de alambre, donde un diminuto cuadro de hortalizas forma como un extraño tapiz de tonos claros. Un perro barcino y lanudo, que