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Página:Los caranchos de Florida (1916).djvu/221

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lla casa se hubiera muerto. Don Panchito se aproxima entonces a la pequeña tranquera de duelas que tiene el cerco, y descarga sobre ella grandes golpes con el cabo de su rebenque.

— Ave María !

Sólo entonces el perro barcino ladra y se incorpora, y una voz de mujer pregunta desde adentro: —¿Quién es?

Luego se oye un rumor de trancos y un viejo asoma a la puerta de la cocina.

—¡Buenas tardes!

—Bona tarde, bácase.

—¿Es aquí la escuela?

—Sí, siñor, aquí ; ma bácase.

Y mientras don Panchito desmonta, el viejecillo, al aire la cabeza blanca y lanosa, le franquea la entrada con suma cortesía. La voz femenina torna a preguntar algo desde adentro, pero el viejo, que se ha apoderado ya del cabestro y se apresura a conducir al caballo de don Panchito a la sombra, no la oye y repite muy obsequioso: —Entra, entra, siñor, a la cocina, que el sol e tropo forte...

Pero don Panchito prefiere aguardarlo para hacer su entrada en aquella mansión desconocida; y piensa, en tanto que acaricia maquinalmente la cabezota del perro barcino que ha venido a restregarse contra sus piernas, que el