bruscamente, giró sobre sí mismo, presentando el anca, y el gaucho tuvo que retroceder un paso por temor a las patas.
Entonces fué cuando el patrón silbó con su silbido famoso, ese silbido autoritario y sonoro que baja los cogotes más alto, como la gravitación enorme de un gran yugo, y que tiene un no se qué de inapelable.
Todos los caballos volvieron la cabeza, y el redomón tubiano se dejó agarrar impunemente, erguidas las orejas y fijos los ojos temerosos en el sombrero blanco del patrón.
Por eso es que, cuando don Pancho emite este nuevo silbido que hace mirar hacia el espacio al gallo desconfiado, cesan como por encanto los rumores que se oían del lado de la cocina y no tarda cinco segundos en aparecer a la carrera un chinito de unos quince años, sucio y andrajoso, calzado con gruesos botines a la prusiana, pero sin medias, y cubierta la cabeza por un gran sombrero de hombre, descolorido y tan roto que los recios cabellos de su dueño, de un negro casi azul de tan negro, asoman por los agujeros de la copa, como asoma la paja de la avena por entre los barrotes de hierro de un pesebre.
—¿Dónde estabas vos?—pregunta don Pancho con mal humor, una vez que el chinito se ha cuadrado en su presencia, con el sombrero en la mano y los talones juntos.