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Página:Los caranchos de Florida (1916).djvu/231

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Concluiría tal vez por consentirme que la obsequiara con alguno de los laderos del carro».

La maestra, expansiva y risueña, abre de par en par una de las puertas cerradas que muestra el gran galpón.

—Aquí tiene usted—dice,—la escuela. La hicieron construir los dueños de La Clara; son unas gentes muy desprendidas, le diré.

—¡Ya lo veo !

Y don Panchito, descubierta la cabeza, pénetra en el aula con recogimiento y con respeto.

—Aquí tiene usted mi escuela.: Es aquello el abecé de una instalación de la índole un salón con pavimento de ladrillo, unos treinta bancos, mapas en las paredes, y allá, en la cabecera, un modesto escritorio que hace las veces de tribuna. El conjunto no puede ser más pobre ni más sumario; pero aquello está tan cuidado y tan limpio que conmueve el espíritu, como la presencia de un recuerdo maternal y suave. Don Panchito lo mira todo con ojos sorprendidos. Hay una ternura tan infinita en aquel sencillo cuadro que, cuando el mozo advierte un jarro con flores sobre el escritorio de la maestra, no puede contenerse y exclama con sincera emoción: —i Flores! ¿También tiene flores usted, señorita ?

—¡ Ya lo creo! ¡Le diré, también tengo mi jardincito!