lleno de ilusiones, y me he llevado un desencanto enorme. Yo creo, señorita, que es que mi padre se ha acostumbrado a vivir sin mí, y ahora no puede soportarme.
La maestra interviene: —Oh! no diga eso, joven; ¡ cómo es posible que un padre!...
—Y... ¡ qué quiere, señorita! ésa es la verdad, lo que yo veo.
—Habrán tenido ustedes algún... algún disgusto, le diré.
—¿Disgusto? ninguno. Pero me parece que, para convencerse de que uno lo revienta a otro, no se necesita mucha perspicacia...
—Será quizás que usted habrá traído de allá de Europa, hábitos, lujos, le diré, que su padre extraña ahora, acostumbrado como está a esta vida sencilla del campo.
Don Panchito se ríe con sarcasmo.
—Lujos? ¡Vaya unos lujos, señorita! ¡ si i vivo en un cuarto que parece una cocina de peones! No, lo que hay es otra cosa; es que hay allí un gaucho, el capataz... yo no sé si lo conoce... un gaucho trompeta y ladrón, que hace de mi padre lo que quiere. El es el que me ha indispuesto seguramente con el viejo, porque se ha dado cuenta de que conmigo no le van a valer mañas...
Don Panchito se calla, pensativo. Un pollo blanco se presenta en el umbral de la puerta,