y avanza cauteloso y avizor, con el pescuezo estirado. La maestra lo espanta agitando su delantal, y luego vuelve a sentarse. El sol debe haber bajado mucho ya, porque ha abandonado el patio; y comienza a insinuarse en el ambiente del aula la serenidad sedante del crepúsculo.
Don Panchito menea la cabeza, como para desechar una obsesión molesta, y después pregunta con voz de fingida indiferencia: —Usted debe conocer a toda esta gente de por aquí ¿verdad, señorita?
La maestra se anima.
—Sí, sí, le diré, a casi toda...
—Usted irá a las estancias y a los puestos con frecuencia...
—No; le diré, suelo ir a La Clara no más, y a La Quinua... Salgo muy poco, pero a la gente del pago, como dicen por acá, la conozco casi toda sabe?... por los chicos, por los alumnos...
—Es cierto...
& Don Panchito está luchando con sus pudores de tímido, pero al fin se atreve: —Sandalio López... Sandalio López... ¿Usted debe tener una discípula?...
A la maestrita le brillan los ojos en la sombrai —i Cómo no !¡ cómo no! Le diré, Marcelina, la hija de uno de los puesteros de La Florida.
¿La conoce? Es una monada, le diré; yo la