Ir al contenido

Página:Los caranchos de Florida (1916).djvu/238

De Wikisource, la biblioteca libre.
Esta página no ha sido corregida
— 234 —

—¿Qué sé yo?... mil infamias, mil porquerías. Usted debe saber... dígamelo, se lo ruego.

La maestrita recapacita un instante, y después dice muy seria: —Vea, joven, yo no he querido meterme nunca en esas cosas, porque soy enemiga de chismes y de enredos. Pero, ya que usted me lo pide, le diré que la conozco a Marcelina como a mis manos, y que me consta que es una criatura completamente inocente. Lo que hay es que su padre... y usted perdone, que es un hombre muy mal querido aquí por su carácter, parece que tiene sobre ella sus intenciones... ¿me comprende? y de ahí que la gente, que es tan mala como usted sabe, habla y habla; pero yo le aseguro que ninguno puede decir «ni esto de esa chiquilina.

Y la maestrita, solemnemente, confirma su afirmación haciendo sonar dos veces la uña del pulgar en el borde su dentadura apretada y blanca: — Ni esto, le diré, ni esto!

Don Panchito siente como un impulso de abrazar a la maestra, de estrechar contra su pecho atormentado a la pobre mujeruca aquélla, que acaba de encender tan generosamente, y a la manera de una madre o de una hermana, una chispa de luz en la negrura inmensa de su espíritu.

—Señorita...—comienza a decir tartamudean.