nos pulmones aquel olor generoso de pasto seco que emborracha su espíritu, y se siente por un momento feliz y satisfecho. Va al tranco de su caballo, que enarca el cuello clinudo y juega nerviosamente con la coscoja del freno. ¡Qué armonía infinita tiene el croar de las ranas en el misterio infinito de los fachinales inmensos! ¡y cómo parecen bellas todas las cosas en ese gran crepúsculo, que va avanzando sobre la serena placidez de los campos!
Don Panchito pone espuelas a su caballo, y no tarda en acercarse a la estancia.
Todo es movimiento en ella. Acaban de llegar los peones del resero, y el oído del joven advierte el sonido extraño de los cencerros de las tropillas forasteras, agrupadas aquí y allá, entre los hombres que van y vienen lentamente, disponiendo sus cosas.
Una fogata enorme ilumina la cocina de la estancia en una forma insólita, y la luz que escapa por la puerta abierta marca sobre el patio un gran cuadrángulo dorado.