pirar profundamente, ordena ya calmada: Encendé el juego, m'hija.
La moza, inclinada sobre el hogar, aparta con un tizón las blancas cenizas.
Las enaguas almidonadas crujen al removerse bajo el percal de la falda, y la cabellera negra se derrama sobre los hombros como un gran manto sombrío. Marcelina quiebra en silencio las secas ramitas, las amontona sobre los ladrillos calcinados del viejo fogón, y el ojo do— rado de la lumbre no tarda en brillar en aquel obscuro agujero, agrandándose e iluminando todos los rincones de la cocina con su parpadear incesante.
—Ya está, mama.
—Bueno, dejalo no más; ahora voy a poner la olla.
Y la puestera, abandonando su labor, se despereza con un gran suspiro, restriega sus ojos, y añade por decir algo: —Me arruina la vista esta costura...
Marcelina, apoyada en el gran parante que tiene el techo en el centro de la cocina, va a decir algo; pero, bajando los ojos, se limita a mirar los extremos de sus zapatos, que asoman al borde de la falda.
La puestera se entrega al trajín de sus ollas.
—¿Y los muchachos?—pregunta.
Jacinto se fué a repuntar la majada. El otro está ahí, haraganeando en el suelo.