—Vamos a arrastrarlo para que se pare.
¡Póngale el lazo, pues!
Sandalio desprende el suyo de los tientos, y el peón del resero desmonta para pasar la armada por los cuernos.
—¡ Aura!
Y en medio de una lluvia de rebencazos y un concierto de gritos desaforados, el lazo se estira como un elástico y el caballo comienza a arrastrar al rebelde, que se incorpora de pronto.
El hombre de a pie salta a caballo, y pechando al barroso en el anca le propina sonoros lonjazos.
Juera maula! ¡ Juera!
Pero es inútil. El animal con las patas separadas e hilando babas brillantes por el hocico, se niega a moverse y hace gravitar todo su peso sobre el lazo trenzado, que cede y que se alarga como si fuera a cortarse.
Cosme se incomoda al cabo.
Yo te vi' arreglar!
Y uniendo la acción a la palabra, cierra las piernas a su caballo, un redomón lubiano muy nuevo todavía, cuyos ijares, rojos de sangre, palpitan y se contraen bajo el castigo brutal de las espuelas. El caballo toma al barroso de través, y lo empuja a la altura de las falsas costillas con una serie de empellones bárbaros y firmes.
— Tomá sarnoso!