XXV
Aunque es muy tarde ya, todos los peones de la estancia continúan en torno del fogón, donde el fuego se apaga entre las cenizas y donde el gran candil humeante aletea, rojizos, sus últimos y moribundos resplandores.
Hay un ambiente de trágica tristeza, que acentúan aquellas cabezas inclinadas, aquellas conversaciones en voz baja, y aquel viento que pasa gimiendo por el patio y que, de cuando en cuando, viene a mover las hojas de la puerta.
Laura, la vieja cocinera, terminada ya su faena, se ha sentado también y forma parte de la rueda; mientras Bibiano, cuyos ojos parpadean de sueño, se esfuerza por mantenerlos muy abiertos, en el deseo de no perder un solo gesto de aquella conversación tan atrayente.
Habla Domingo con voz sorda, y su fisonomía macilenta, exangüe, decorada por la barba negra y rala, emerge de la penumbra evocando el recuerdo de aquellas ánimas que, según las viejas