—Así es.
—Un hombre casado, un hombre con familia, tener que marcharse a la vejez. Pero ¿qué es lo que ha hecho?
—¿Qué me ha hecho? Nada. Es un gaucho haragán, un gaucho sinvergüenza, un gaucho...
Se ve claramente que don Pancho habla con esfuerzo, que no tiene argumentos sólidos para apoyar su aseveración. Se calla y mira hoscamente la bandeja de galleta que está sobre la mesa.
Don Panchito piensa que su padre, algo maniático, habrá tomado entre ojos al pobre gaucho; pero, como la cosa no le preocupa mayormente, se abstiene de formular nuevas preguntas.
Al cabo de algunos instantes, sin embargo, don Pancho insiste sobre el tema: —Pienso despedirlo, como te digo, dentro de poco; pero, mientras tanto, no quiero que nadie de la estancia & me entiendes?... nadie, vaya para nada a la laguna de Los Toros.
Don Panchito palidece ligeramente, y encogiéndose de hombros exclama en tono despectivo: —Por mí...
Don Pancho se da cuenta de su error y entonces trata de corregirlo, agregando risueño e insinuante: