III
—¡ Pum, pum, pum!... ¡ Don Panchito!...
Don Panchito!... ¡ Recuérdese que es tarde!..i Pum, pum, pum!...
El joven, con cara de sufrimiento y de disgusto, y los párpados hinchados por el sueño, se incorpora a medias, mirando hacia la puerta.
—¿Qué? ¿Qué hay?
—Soy yo, don Panchito, que le traigo el mate. ¡ Dispiértese !
— Ya voy, ya voy hijo, un momento!
Y don Panchito, observando con cierta sorpresa mezclada con satisfacción que está vestido, deja la cama en seguida, y después de un largo desperezo felino abre la puerta, dando paso a una oleada de sol resplandeciente y cálido, que inunda de luz toda la alcoba.
De pie en el umbral, en cabeza y con un mate en la mano, está un personaje a quien el joven no puede reconocet en un principio.
—Güen día dice, presentando el mate co-