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Página:Los caranchos de Florida (1916).djvu/43

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mo si fuera una puñalada, y sonriendo con sus grandes dientes blancos, mucho más blancos los mismos de don Panchito, que tanto los cuidaque —Buenos días, hijo. Vos sos Bibiano ¿no?

—Sí, seor, sí.

Y torna a reir con su risa sana, con aquella risa que parece querer estallar a cada instante.

Bibiao tiene los zapatos empapados de rocío y llenos de pajitas doradas que la humedad les ha adherido al corretear entre los yuyos.

—Es tarde ¿no?—vuelve a preguntar don Panchito, al chupar aquel mate que por lo amargo, y por la falta de costumbre, le trae el recuerdo de Sócrates bebiendo la cicuta.

—Sí, tarde; deben de ser como las jonce...

—¿Y el viejo?

Bibiano abre lo sojos desmesuradamente, y cambia la vista hacia otro lado manifestando así que no entiende, y que el patroncito lo pone, con su pregunta, en un verdadero compromiso.

—El viejo, sí—replica don Panchito sonriente.—Sí, el viejo, mi padre, el patrón.

—¡ Ah !—y Bibiano, contento como una persona extraviada que encuentra su camino, se apresura expedirse: —¡ Ah, el patrón! Montó a caballo hoy de mañanita, como a las cinco; yo mismo le ensillé el tostao. Me encargó que lo dispertara a usté y todo.

— Ah! ¿sí? ¿y no ha vuelto?