i Te he dicho que no, animal!
Y luego, cambiando de tono, añade autoritario: —Andá, traeme un mate.
Bibiano sale, enjugando sus lágrimas con el revés de los dedos, y don Panchito permanece largo rato con el ceño fruncido y las manos en los bolsillos, recostado en el contramarco de la puerta.
Cuando Bibiano vuelve con el mate tiene que campearlo, sin embargo. El joven ya no está allí, sino en la costa de la laguna, entre los sauces. Ha recorrido todo el casco de la estancia, despertando a cada paso, en su mente, recuerdos, amables unos, tristes los otrosi El corral de las ovejas, el tambo, el chiquero de los cerdos, el palenque de los caballos. ¡ Cómo están grandes los sauces! ¡ cómo han crecido !
Siente deseos de montar a caballo, de correr, de retozar por el campo; pero no hay caballo alguno en la estancia, se diría que han quedado en las casas mujeres solas, y este pensamiento lo molesta, sin duda, porque murmura entre dientes: —El viejo se ha olvidado de hacerme agarrar caballo, porque cree que soy un gringo...
Y como el sol cae a plomo sobre su cabeza, don Panchito se siente atraído por el verdor y la sombra de los sauces de la costa de la laguna, cuyas aguas relumbran, allá a lo lejos, en incesante cabrilleo.