El capataz dispone cuidadosamente la carne y clava el asador ante la llama, que alza crepitantes sus largas lenguas amarillas.
—Hoy nos vamos a ensebar el pico, señores —dice al sentarse de nuevo, y limpiándose los dedos engrasados en la capellada de sus botas fuertes. Hoy ha carniao gordo Domingo.
El aludido, un muchacho flaco y paliducho, a quien la barba renegrida y ensortijada hace parecer más macilento todavía, explica lentamente: —¡ E verdá! El patrón me encargó que carniara gordo. Agarré un capón como un toro.
Debe ser pa brindarlo al hijo...
—¡ Ah, ah! Sería mejor que carniáramos ansina siempre murmura Cosme pensativo.—El patrón pa hacer l'economía nos hace comer usamentas, y mientras tanto, toditos los vecinos carnean gordo de lo nuestro. Ayer no más, a boca e noche, hayé en la rinconada e los Alamos la panza de uno que habían carniao recientito.
Ni se lo dije al patrón ¿pa qué? ¡ Hombre caprichoso! Si él permitiera que carniáramos ajeno, sería otra cosa. Hoy por mí, y mañana por vos, como dice el refrán. Pero ¡ qué diantre!
él no quiere...
En ese momento entra en la cocina Bibiano, que trae unos bozales, y el capataz se vuelve hacia él para preguntarle: —Ché, chiquilín; ¿dentraste el recao del patrón?