Y el capataz mira, a la vieja, deseoso de saber algo sobre aquel nuevo patrón que les ha caído del cielo y que es todavía para todos como un misterio preñado de amenazas.
Laura, enjugando su ojo sano, su ojo al que el humo del duraznillo llena de lágrimas a cada instante, responde con calor: —¿ Orgulloso el patroncito? ¡ De ande, hombre! Don Panchito no se parece en nada al padre. Don Panchito es un güen mozo, blanco, con ojos azules. Don Panchito es..
—El patrón tamién es güen mozo, pero...
—Pero ¿qué?
—¡ Pero el diablo que lo entienda !
Todos rien de la salida del gaucho, y la vieja Laura prosigue con cierta melancolía: —Es lo más parecido a la finadita, que Dios tenga en su santa gloria. Los mesmos ojos, el mesmo pelo. Acuerdensén que yo lo vide nacer y que lo he tenido en mis brazos.
Hay una breve pausa, que interrumpe el mensual de campo para decir insinuante: —A mí me gusta más don Eduardito, el del Cardón. Ahí tienen un hombre gaucho, un hombre güeno con los pobres, y que no li hace asco a ningún animal, por bellaco que sea.
La vieja torna a hurgarse el ojo con el pañuelo, y pregunta con sorna: —Sí, y chupador, y corsario pa las mujeres ¿no?