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Página:Los caranchos de Florida (1916).djvu/87

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le resulta curioso en tal sitio del campo, donde, según sus recuerdos, jamás existió población alguna; y mientras el gateado continúa al tranco, chapoteando agua, don Panchito va confirmando sus dudas.

—Aquí, al este, debía estar la tranquera del cuadro de la estancia (el joven marcha hacia el sur, sin embargo) y yo nunca he oído decir que hubiera puestos por este lado del campo. ¿Será nuevo tal vez?

Y es que don Panchito está completamente desorientado, por más que se empeñe en probarse lo contrario. De pronto oye balidos de ovejas y ladridos de perros. No hay duda alguna; aquello tiene que ser un puesto, y un puesto de la estancia.

La lluvia ha vuelto a arreciar en tal forma que el caballo camina con dificultad, y el joven siente que el agua corre bajo sus ropas como si estuviese desnudo.

A la luz de otro relámpago fugaz y lejano, don Panchito ve que está llegando a las casas. Un gran corral lleno de ovejas queda hacia la derecha. En el patio del puesto se ven varios bultos. Don Panchito se allega.

Ave María !...

Media docena de perros acuden en tropel, ladrando furiosamente bajo la lluvia, y hacen espantar el caballo, que en una tendida se echa