sobre el cerco, desgarrando el pantalón del jinete en el alambre de púa.
— Juera, perro!... ¡Canela... Picazo!...
¡juera!... Abajesé, don Panchito...
Habla en lo obscuro una voz tranquila y varonil, y el joven, sorprendido de oirse nombrar, hace esfuerzos inútiles por reconocer a aquél que se aproxima y que no es para él más que una negra silueta misteriosa.
—¿Lo ha agarrao el agua?
— Sí, hombre! Venía de San Luis... ¡ Este mancarrón trompeta !
Y don Panchito quiere hallar la forma de echar al caballo la culpa de todo lo ocurrido.
—Abajesé, don Panchito; le v'hacer daño la mojadura...
El joven vacila, porque todavía no sabe donde está, y porque no quiere confesar su vergonzosa derrota; pero muy luego, acobardado por la lluvia que caé sobre sus ropas caladas, desmonta lentamente. Tiene las piernas entumecidas y apenas puede andar.
Un escalofrío continuo recorre todo su cuerpo, y encandilado por la luz que sale de la cocina, donde arde una fogata enorme, no alcanza a ver a un palmo de sus ojos. Entonces siente una mano que tropieza con su vientre.
—¿Cómo le va, patroncito? Tanto tiempo.
Don Panchito se apodera con su diestra mojada de aquella otra, grandota y cálida.