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CESAR A. VALLEJO
Yo le miro al andrajo. Y él pudiera
darnos el corazón;
pero la la suerte aquella que en sus manos
aporta, pregonando en alta voz,
como un pájaro cruel, irá a parar
adonde no lo sabe ni lo quiere
este bohemio dios.
Y digo en este viernes tibio que anda
a cuestas bajo el sol:
¡porqué se habrá vestido de suertero
la voluntad de Dios!