—Sí, me la han... ro...ba...do—continuó el herido;—pero... la vol...ve...ré a encon...trar...
—No hables, amo mío, que corremos un gran peligro.
—¿Peligro—balbuceó Tremal-Naik, sin comprenderle.—¿Quién... habla de pe...li...gro? Volveré aquí... si... infames... ¡con Darma... que... os... devorará... a to...dos!
Agitó los brazos con ímpetu furioso, cerró los ojos y quedo inmóvil como un muerto.
—Duerme—dijo Kammamuri;—tanto mejor: por lo menos sus gritos no nos descubrirán. Ahora en guardia, que el tigre tal vez nos acecha.
Se sentó, cruzando las piernas según costumbre turca, colocó la carabina sobre las rodillas, procuró no dormirse y esperó pacientemente a que amaneciese, cuidando de hacer la guardia a conciencia.
Pasaron una, dos, tres horas sin que nada aconteciese; ningún tigre aulló, ningún silbido de serpiente, ningún rugido de chacal turbó el silencio que reinaba en la misteriosa jungla; sólo de cuando en cuando un soplo de aire, cargado de pestilentes emanaciones agitaba y curvaba los arbustos.
Las tres debían ser cuando un ruido turbó el silencio, Era un sonido especial que parecía hacer niff, niff.
El maharato, sorprendido y algo alarmado, se levantó conteniendo la respiración. El misterioso niff, niff, se repitió muy cerca.
Armó la carabina y se acercó, sin hacer ruido, a los árboles. A treinta pasos se movía un enorme animal de unos doce pies y de pesadas y macizas formas. Tenía la piel llena de protuberancias, la cabeza grande y algo triangular, las orejas erguidas, y sobre la cavidad ósea de las narices un agudo cuerno muy prolongado.
Kammamuri comprendió en seguida la clase de enemigo con quien tenía que luchar, y se aterrorizó.