Detestaba que le visitaran, y sólo salía para dar las lecciones; hasta miraba de reojo à la patrona cuando una vez á la semana le arreglaba el cuarto; durante los tres años que vivió en su casa no le dirigió una sola vez la palabra. Pregunté à Katia si se acordaba de su maestro. Me miró en silencio, y se volvió hacia la pared para llorar. ¡Aquel hombre había sabido hacerse amar de alguien!
Llevéme los papeles, y pasé muchas horas examinándolos. La mayoría de ellos no tenían ninguna importancia; eran ejercicios de sus discípulos. Por fin encontré un cuaderno bastante grueso lleno de una letra fina y apretada. El escrito no terminaba. Quizás lo había olvidado su autor. Era el relato, incoherente y fragmentario, de los diez años que Alejandro había pasado en los trabajos forzados. Aquel relato se interrumpia aquí y allá, tan pronto para recordar una anecdota, como por extraños y espantosos recuerdos arrojados allí convulsivamente, como á pesar suyo. Lei varias veces esos fragmentos y pensé si habrían sido escritos en un momento de locura. Pero esas memorias de un presidiario, Recuerdos de la Casa de los Muertos, como él mismo los llama en un manuscrito, me parecieron interesantes. Surgia de ellos un mundo nuevo, desconocido hasta entonces; aparecían hechos muy raros y algunas observaciones singulares acerca de esa multitud de vencidos, todo lo cual hizo que leyera con curiosidad. Quizá me engañé: publico algunos capitulos de este relato: juzgue el público..
I
LA CASA DE LOS MUERTOS
Nuestro presidio estaba en el extremo de la ciudadela dentro de las murallas. Si se mira por las rendijas de la empalizada sólo se ve un trozo de cielo y una elevada mura