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DE BUENOS AIRES

 - ¡Pero señora! - agregó Sofía poniéndose colorada hasta las orejas.

 - Nada, no sea cobarde: un poco de resolucion le bastará.

 - Es que... yo no me atrevería...

 - Calle U.; todo requiere valor. ¿Qué perderá U. por eso? Todo será obra de un momento: los cinco mil pesos vendrán á sacarla de apurillos y no tendrá que estarse matando sobre esos ponchos de bayeta.

 - Sin embargo...

 - Acepte y déjese de niñerías. La fortuna se le entra por la puerta, no la rechace.

 - Yo aceptaría, pero con una condicion.

 - Dígala.

 - Que U. no me abandonara mientras yo estuviera... en el gabinete y que nadie más que U. me viera así... - dijo Sofía ruborizándose.

 - ¡Pues está bonito! - esclamó doña Inocencia - Es U. muy cándida. ¿No le he dicho que el objeto del pintor es verla para copiar sus formas? Despues de eso, ¿cómo supone que habían de pagarle cinco mil pesos, sin exijírsele un pequeño esfuerzo? Vamos, que tiene U. unas cosas...

 - Yo jamás admitiré que un hombre...

 - Eso es, escrúpulos. ¿No será peor que U. se muera tísica cosiendo ponchos?

 - No tendría valor, señora, me faltarían las fuerzas.