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Página:Los trabajos de Persiles y Sigismunda - Tomo II (1920).pdf/166

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die la despertase, porque nunca dormía; levantóse en pie, y puesta la mano derecha sobre la cabeza del marido, comenzó a hacer y a revalidar el voto y juramento que dijo el enlutado escudero. Llovían lágrimas de sus ojos, bastantes a bañar las reliquias de su pasión; arrancaba suspiros del pecho, que condensaban el aire cerca y lejos; añadía al ordinario juramento razones que le agravaban, y tal vez parecía que arrojaba por los ojos, no lágrimas, sino fuego, y por la boca, no suspiros, sino humo: tan sujeta la tenía su pasión y el deseo de vengarse. ¿Veisla llorar, veisla suspirar, veisla no estar en sí, veisla blandir la espada matadora, veisla besar la camisa ensangrentada, y que rompe las palabras con sollozos? Pues esperad no más de hasta la mañana, y veréis cosas que os den sujeto para hablar en ellas mil siglos, si tantos tuviésedes de vida. En mitad de la fuga de su dolor estaba Ruperta, y casi en los umbrales de su gusto, porque, mientras se amenaza, descansa el amenazador, cuando se llegó a ella uno de sus criados, como si llegara una sombra negra, según venía cargado de luto, y, en mal pronunciadas palabras, le dijo:

—Señora, Croriano el galán, el hijo de tu enemigo, se acaba de apear agora con algunos criados; mira si quieres encubrirte, o si quieres que te conozca, o lo que sería bien que hagas, pues tienes lugar para pensarlo.

—Que no me conozca—respondió Ruperta—; y avisad a todos mis criados que por descuido no me nombren, ni por cuidado me descubran.