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Hízolo así Auristela, y pasaron adelante; pero no por esto dejó de seguirlos mucha gente, que esperaban a que se quitase el velo para verla como deseaba. Apenas se hubo quitado de allí el coche, cuando se llegó al dueño del retrato Arnaldo, en sus hábitos de peregrino, y dijo:
—Yo soy el que os ofrecí los mil escudos por este retrato; si le queréis dar, traedle, y venidos conmigo, que yo os los daré luego de oro en oro.
A lo que otro peregrino, que era el duque de Nemurs, dijo:
—No reparéis, hermano, en precio, sino veníos conmigo, y proponed en vuestra imaginación el que quisiéredes, que yo os le daré luego de contado.
—Señores—respondió el pintor—, concertaos los dos en cuál le ha de llevar, que yo no me desconcertaré en el precio, puesto que pienso que antes me habéis de pagar con el deseo que con la obra.
A estas pláticas estaba atenta mucha gente, esperando en qué había de parar aquella compra, porque ver ofrecer millaradas de ducados a dos, al parecer, pobres peregrinos, parecíales cosa de burla. En esto dijo el dueño:
—El que le quisiere, deme señal y guíe, que yo ya le descuelgo para llevársele.
Oyendo lo cual, Arnaldo puso la mano en el seno, y sacó una cadena de oro, con una joya de diamantes que de ella pendía, y dijo:
—Tomad esta cadena, que, con esta joya, vale más de dos mil escudos, y traedme el retrato.
—Esta vale diez mil—dijo el duque, dándole una