248
humilde trato? La hermosura, en parte ciega, y en parte alumbra: tras la que ciega, corre el gusto; tras la que alumbra, el pensar en la enmienda. Ninguna de estas cosas consideró Periandro al entrar en casa de Hipólita; pero como tal vez sobre descuidados cimientos suele levantar amor sus máquinas, ésta sin pensamiento alguno se fabricó, no sobre la voluntad de Periandro, sino en la de Hipólita; que, con estas damas que suelen llamar del vicio, no es menester trabajar mucho para dar con ellas, donde se arrepientan sin arrepentirse.
Ya había visto Hipólita a Periandro en la calle, y ya le había hecho movimientos en el alma su bizarría, su gentileza, y, sobre todo, el pensar que era español, de cuya condición se prometía dádivas imposibles y concertados gustos; y estos pensamientos los había comunicado con Zabulón, y rogádole se lo trajese a casa, la cual tenía tan aderezada, tan limpia y tan compuesta, que más parecía que esperaba ser tálamo de bodas que acogimiento de peregrinos. Tenía la señora Hipólita—que con este nombre la llamaban en Roma, como si lo fuera—un amigo llamado Pirro Calabres, hombre acuchillador, impaciente, facinoroso, cuya hacienda libraba en los filos de su espada, en la agilidad de sus manos y en los engaños de Hipólita, que muchas veces con ellos alcanzaba lo que quería, sin rendirse a nadie; pero en lo que más Pirro aumentaba su vida, era en la diligencia de sus pies, que lo estimaba en