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Página:Los trabajos de Persiles y Sigismunda - Tomo II (1920).pdf/256

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con la cruz en las manos, examinando a Periandro sobre el caso, el cual, como vió a Hipólita, dijo al gobernador:

—Esta señora que aquí viene ha dicho que esa cruz que vuesa merced tiene yo se la he robado, y yo diré que es verdad, cuando ella dijere de qué es la cruz, qué valor tiene y cuántos diamantes la componen; porque si no, es que se lo dicen los ángeles o alguno otro espíritu que lo sepa, ella no lo puede saber, porque no la ha visto sino en mi pecho, y una vez sola.

—¿Qué dice la señora Hipólita a esto?—dijo el gobernador.

Y esto cubriendo la cruz, porque no tomase las señas della. La cual respondió:

—Con decir que estoy enamorada, ciega y loca, quedará este peregrino disculpado, y yo esperando la pena que el señor gobernador quisiere darme por mi amoroso delito.

Y le contó punto por punto lo que con Periandro le había pasado, de lo que se admiró el gobernador, antes del atrevimiento que del amor de Hipólita: que de semejantes sujetos son propios los lascivos disparates. Afeóle el caso, pidió a Periandro la perdonase, dióle por libre, y volvióle la cruz, sin que en aquella causa se escribiese letra alguna, que no fué ventura poca. Quisiera saber el gobernador quién eran los peregrinos que habían dado las joyas en prendas del retrato de Auristela, y asimismo quién era él y quién Auristela. A lo que respondió Periandro: