Ir al contenido

Página:Los trabajos de Persiles y Sigismunda - Tomo II (1920).pdf/268

De Wikisource, la biblioteca libre.
Esta página ha sido corregida

266

rias de tu hermosura y de tu enfermedad, y quiera Dios que no diga las de tu muerte.

Dieron sus ojos muestras de algunas lágrimas. No pudo responderle Auristela, o no quiso, por no errar en la respuesta delante de Periandro; lo más que hizo, fué poner la mano debajo de su almohada, y sacar su retrato y volvérsele al duque, el cual le besó las manos por tan gran merced; pero, alargando la suya Periandro, se le tomó, y le dijo:

—Si dello no disgustas, ¡oh gran señor!, por lo que bien quieres, te suplico me le prestes, porque yo pueda cumplir una palabra que tengo dada, que, sin ser en perjuicio tuyo, será grandemente en el mío si no lo cumplo.

Volviósele el duque, con grandes ofrecimientos de poner por él la hacienda, la vida y la honra, y más, si más pudiese, y desde allí se dividió de los dos hermanos, con pensamiento de no verlos más en Roma. Discreto amante, y el primero, quizá, que haya sabido aprovecharse de las guedejas que la ocasión le ofrecía. Todas estas cosas pudieran despertar a Arnaldo para que considerara cuán menoscabadas estaban sus esperanzas y cuán a pique de acabar con toda la máquina de sus peregrinaciones, pues, como se ha dicho, la muerte casi había pisado las ropas a Auristela, y estuvo muy determinado de acompañar al conde, si no en su camino, a lo menos, en su propósito, volviéndose a Dinamarca; mas el amor, y generoso pecho, no dieron lugar a que dejase a