ron todos a dudar de la vida suya, como de la de Auristela. Viendo lo cual Hipólita, y que ella misma se mataba con los filos de su espada, adivinando con el dedo de dónde procedía el mal de Periandro, procuró darle remedio, dándosele a Auristela, la cual, ya flaca, ya descolorida, parecía que estaba llamando su vida a las aldabas de las puertas de la muerte; y creyendo, sin duda, que por momentos la abrirían, quiso abrir y preparar la salida a su alma por la carrera de los Sacramentos, bien como ya instruída en la verdad católica; y así, haciendo las diligencias necesarias, con la mayor devoción que pudo, dió muestras de sus buenos pensamientos, acreditó la integridad de sus costumbres, dió señales de haber aprendido bien lo que en Roma la habían enseñado, y, resignándose en las manos de Dios, sosegó su espíritu y puso en olvido reinos, regalos y grandezas.
Hipólita, pues, habiendo visto, como está ya dicho, que, muriéndose Auristela, moría también Periandro, acudió a la judía a pedirle que templase el rigor de los hechizos que consumían a Auristela, o los quitase del todo: que no quería ella ser inventora de quitar con un golpe solo tres vidas, pues, muriendo Auristela, moría Periandro, y muriendo Periandro, ella también quedaría sin vida. Hízolo así la judía, como si estuviera en su mano la salud o la enfermedad ajena, o como si no dependieran todos los males que llaman de pena de la voluntad de Dios, como