mente, y sin los sobresaltos de la guerra, en su casa se criase, puesto que yo para mí tengo que no fué ésta la ocasión principal de envialla, sino para que el príncipe Maximino se enamorase della y la recibiese por su esposa: que de las extremadas bellezas se puede esperar que vuelvan en cera los corazones de mármol y junten en uno los extremos que entre sí están más apartados. A lo menos, si esta mi sospecha no es verdadera, no me la podrá averiguar la experiencia, porque sé que el príncipe Maximino muere por Sigismunda, la cual, a la sazón que llegó a Tile, no estaba en la isla Maximino, a quien su madre la reina envió el retrato de la doncella y la embajada de su madre, y él respondió que la regalasen y la guardasen para su esposa; respuesta que sirvió de flecha que atravesó las entrañas de mi hijo Persiles, que este nombre le adquirió la crianza que en él hice. Desde que la oyó no supo oír cosas de su gusto; perdió los bríos de su juventud, y, finalmente, encerró en el honesto silencio todas las acciones que le hacían memorable y bien querido de todos, y, sobre todo, vino a perder la salud y a entregarse en los brazos de la desesperación de ella. Visitáronle médicos; como no sabían la causa de su mal, no acertaban con su remedio: que, como no muestran los pulsos el dolor de las almas, es dificultoso y casi imposible entender la enfermedad que en ellas existe. La madre, viendo morir a su hijo, sin saber quién le mataba, una y muy muchas veces le preguntó le descubriese su dolencia, pues
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