vel Chico por la extrema pequeñez de su estatura, aunque era robusto y bien formado. Parecía que la naturaleza, por uno de sus burlescos caprichos, hubiese opuesto esta miniatura a las gigantescas proporciones del mundo alpino. En Lugón se daban todas las circunstancias que hacen del guía de los Alpes un ser distinto de los demás, un tipo humano particular. Era la historia viva, la geografía y hasta la estadística helvéticas, y declaro que no se le podía pedir más, y no obstante, y afortunadamente, Lugón no era ni sabio, ni escéptico. Todo el encanto de su conversación estribaba en una buena fe ingenua, que se manifestaba sin la esperanza de aprender ni la pretensión de enseñar. Sabía el nombre de las cosas y las fechas de los sucesos, pero su humilde inteligencia no intentó nunca remontarse a la causa de todos los efectos ni a presentir los efectos de todas las causas. Decía lo que sabía y creía lo que decía, y así es como me gusta a mí la erudición.
Cuando un problema complejo surgía en el curso de sus relatos, llevándole desde las realidades de la vida positiva al mundo conjetural de la imaginación y la metafísica, casi siempre salía del atasco con aquella sentencia que una organización favorable enseñó a los pueblos de Oriente, sentencia que por dicha pueden expresar en todos los países los hombres sensatos: Dios es grande, decía Lugón, y reto a todos los filósofos de la tierra a que encuentren una solución más razonable para la mayor parte de las dificultades que surgen en las ciencias. Tengo por cierto que algún día encabezará la