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Página:Lydia y Francisco Columna. Dos cuentos (1923).pdf/32

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la fe de nuestros padres y donde empieza, para no concluir nunca, la felicidad inalterable del justo?

Al oírme hablar de este modo, la actitud de Jorge fué más grave y más seria la expresión de su rostro, como la del hombre que tiene cosas solemnes que revelar, y sentí que su mirada me llenaba de un respeto ternísimo, porque al través del dulce contento del amor se veía resplandecer la majestad de una naturaleza superior.

¿Crees tú—me respondió que aun entre las criaturas más favorecidas por la gracia del Todopoderoso hubo alguna vez un alma tan casta y tanpura que pudiera presentarse con toda seguridad ante la presencia del Señor en el momento mismo en que abandonara nuestra vida de oprobio y de pecado? ¡Tu corazón está harto limpio para que concibiera tan atrevida esperanza! Tú misma con frecuencia sentiste en tu conciencia sencilla y humilde que la noción de nuestra indignidad aumentaba, por el contrario, a cada paso que nos era permitido dar en el áspero camino de la perfección, y no ignoras que esta misma idea es motivo de intranquilidad para cuantos aman a Dios, puesto que sobresalta a los santos aun en la agonía con las incertidumbres de la salvación. La soberbia de los filósofos y de los sabios se detiene en el borde de este abismo, y así prefirieron dejar un vacío sin límites en la obra de la creación antes de admitir que entre el autor de ella y el hombre pueda haber intermediarios no conocidos; por esto inventaron la más imposible de las hipótesis: la muerte eterna,