tado ya de los sentidos o de los órganos de que ahora careces y con los cuales pudieras gozar en este mundo transitorio de mil y mil sensaciones que ahora son para ti inaccesibles y que sobrepujan en suavidad y en hermosura a las que percibes.
Tendrás de ellas una idea vaga si intentas darte cuenta de las emociones que experimentaría la materia al estar dotada de la facultad de entender y la de pensar en cada una de las transformaciones que la elevan al estado de perfección. ¡Imagina, si puedes elevar tu pensamiento a esta hipótesis imposible, la plenitud de gozo que experimentará la materia inerte cuando adquiere la facultad de crecer con los metales; y éstos cuando consiguen, con las plantas, la facultad de vivir y de reproducirse para siempre; y las plantas cuando pasan del estado sedentario al de movimiento con un organismo animal, cuando truecan su vegetación cautiva y solitaria por instintos y sensaciones; y los animales cuando el más privilegiado de ellos recibe el divino soplo de una inspiración y de un alma!
A cada uno de estos progresos parece agregada la conquista de una creación, y la voluptuosidad que hubiera sentido al realizarla la materia inerte no es ni remotamente comparable con la que experimenta el corazón del hombre cuando entra en la nueva vida que le prepara para la posesión cierta de la eternidad. Todo esto lo conocerás algún día, cuando hayas recibido, con la muerte, el privilegio de saberlo, y entonces me perdonarás el que no haya disipado más claramente tus dudas ni con-