Indudablemente tendría escaso mérito el cumplimiento de este instinto tan natural si no se pensase en los peligros y en las consecuencias de él, y hasta habría cierto orgullo obedeciendo a él cuando se despierta en nosotros, crece y nos grita como una voz de la Providencia, por lo cual mi muerte hubiese sido más digna de envidia que de compasión si al dejarte no hubiera sacrificado mas que mi vida. Pero vivías tú, Lydia, y no era a ti a quien iba a salvar, sino que era a ti a quien iba a perder, y no vacilé un momento!—exclamó Jorge llevando mi mano desde su corazón a sus labios. ¡Recompensándome Dios, tuvo más en cuenta mi sacrificio que mi acción!
—¡Qué bien está todo le dije, y cómo se esclarecen mis ideas a cada palabra que sale de tus labios! Deja que te diga lo que pienso. Es decir, Jorge mío, que eres dichoso entre los dichosos porque fuiste bueno entre los buenos, y el privilegio que compartes con algunos otros elegidos nada tiene de humillante para los demás, porque está en la naturaleza de las almas buenas reconocer la superioridad de las almas mejores, y por ello Dios te otorgó, cual a otros semejantes tuyos, un don manifiesto de su predilección. Eres bienaventurado en la vida de gloria que te otorgó la divina Bondad al lado de mis padres y de los tuyos, los que tanto nos quisieron y a los brazos de los cuales no puedes conducirme hasta que no se rompan las ligaduras de la vida que me sujetan aún a la tierra.
Lo que falta a la inmaculada felicidad de que gozas