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Página:Lydia y Francisco Columna. Dos cuentos (1923).pdf/60

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las nonadas de biografías y bibliografías. Yo sé a qué atenerme respecto de este inconveniente, y cuando en mis continuos viajes por Europa encuentro al abate corro a él en cuanto le veo, y aun no hace tres meses que le vi.

Había yo llegado taide al Hotel des Deux—Tours, de Treviso; así que no tuve tiempo de poner el pie en la villa. A la mañana siguiente, cuando bajaba la escalera, vi delante de mí una de esas figuras singulares que tienen fisonomía de cualquier lado que se las mire. Un sombrero cual no hay otro, puesto en la cabeza como nadie se le pone; una corbata roja y verde anudada al cuello de modo que por un lado sobresalía tres o cuatro pulgadas de la levita y por el otro no se veía; un pantalón no bien cepillado en una pierna, sucio en la otra y levantado coquetonamente su extremo sobre el tirante de la bota, y, por fin, la cartera inmensa, la cartera inseparable, bien atestada de títulos de libros, de noticias, de papeletas, de planos, de croquis, de tesoros valiosísimos para el erudito, pero que un trapero no recogería. Imposible equivocarse; aquél era Lowrich.

—¡Lowrich!—grité, y al instante nos abrazá bamos.

—Sé adónde vas—me dijo tras del afectuoso cambio de saludos, y me indicó que había llegado a Treviso al mismo tiempo que yo. Preguntaste las señas de un librero y te dieron las de Apóstolo Capoduro, que vive en la calle de los Esclavones.

También yo voy a su casa, aunque sin ilusión algu-