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Página:Lydia y Francisco Columna. Dos cuentos (1923).pdf/83

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un amor cual el vuestro supo conciliar sus esperanzas y sus deberes en un himeneo del corazón que el resto de los humanos no conocen, y vuestra esposa en el cielo os hablaría como yo os hablé si ella os hubiese oído.

—Ella ha oído, Polia dijo Francesco, dejando caer su cabeza entre las manos y llorando.

¿De modo añadió Polia cual si no hubiese oído las últimas palabras—que dentro de tres días entráis en una de las órdenes religiosas de Venecia?...

—De Treviso—repuso Francesco. ¡No quise vedarme la dicha de verla aún algunas veces!

—¿De Treviso, Francesco, donde no conocéis a nadie sino a mí?...

—¡A vos!

En aquel momento la mano de la doncella se enlazó con la del joven pintor.

—No nos habíamos fijado—dijo Polia sonriendo en que la góndola está ya de vuelta en el palacio. Pero ya nada más tenemos que decirnos en la tierra. Sin embargo, nuestro último adiós es dulce, porque nos hemos comprendido; nuestra próxima entrevista será aún más dulce.

—¡Adiós, hasta nunca! dijo Francesco.

—¡Adiós, hasta siempre!—contestó Polia, que se colocó de nuevo el antifaz y dejó la góndola.

Al día siguiente Polia estaba en Treviso. A los tres días sonaba en el convento de los Dominicos la campana emblemática que anuncia la profesión de un nuevo religioso y su muerte para el mundo.

Polia pasó todo el día en su oratorio.

LYDIA.