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Página:Lydia y Francisco Columna. Dos cuentos (1923).pdf/87

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que sepáis siempie, Francesco, que entre el corazón de Polia y la inconstancia estarán siempre el perjurio y el sacrilegio.

Quiso contestar Francesco; pero cuando las palabras acudieron a sus labios Polia había desaparecido.

Al pobre fraile casi le costó igual trabajo sobrellevar tanto gozo como le costara sobrellevar su desdicha. Sintió que le faltaban las fuerzas para la felicidad; que las potencias de su vida, agitadas de tantas emociones, estaban próximas a romperse.

Al día siguiente, en la última misa, cuando los religiosos entraron en el coro, veíase a Polia colocada en su asiento de costumbre, en el primer lugar de la nobleza. Se levantó y se arrodilló sobre el suelo de la nave grande.

Francesco la vió. Reiteró sus votos con voz firme, bajó las gradas del altar y se prosternó en las losas. En el momento de la elevación se arrojó al suelo, colocando sus manos cruzadas más arriba de su cabeza.

Terminó la misa; Polia salió del templo; los frailes pasaron unos tras otros, arrodillándose ante el santuario; mas Francesco siguió en la misma postura, lo que no extrañó a nadie porque muchas veces se le vió prolongar de igual modo sus oraciones en una especie de éxtasis.

En los oficios de la tarde Francesco continuaba inmóvil. Un fraile joven dejó su asiento, se acercó, se inclinó hacia él, le tomó una de las manos para atraerle hacia sí y recordarle sus deberes habituales;