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La tragedia significó también una gran destrucción de propiedad pública y privada, que alcanza cifras inmensas. Ciudades tan importantes como Talcahuano, Concepción, Talca, Constitución o San Antonio quedaron gravemente afectadas. Pueblos enteros, como Dichato, Iloca, Pelluhue y Curanipe prácticamente desaparecieron. A nivel nacional, casi 200 mil viviendas quedaron derrumbadas o seriamente dañadas, al igual que más de cuatro mil escuelas, 79 hospitales, 56 consultorios y más de 200 puentes. Miles de empresas –especialmente pequeñas y medianas- quedaron arruinadas; decenas de miles de empleos perdidos y muchos sueños y proyectos de vida devastados.

El daño bruto total, tanto público como privado, antes de recuperaciones de seguros, asciende a cerca de US$ 30 mil millones, equivalentes al 18% del PIB. Esto representa el mayor perjuicio patrimonial de nuestra historia. Estamos, en consecuencia, frente a un desafío extraordinario, cuya superación requerirá de esfuerzos humanos y económicos, también extraordinarios.

Por cierto esta emergencia no estuvo contemplada en nuestros planes de gobierno ni en los de nuestros contendores. Durante la pasada campaña nunca debatimos cómo llevar consuelo y esperanza a aquellos compatriotas que sufrieron las consecuencias de una tragedia de esta envergadura. Hoy debemos transformar esta tragedia en una oportunidad para construir, entre todos, un Chile mejor.

Por eso, durante estas semanas me he preguntado qué sintieron y dijeron mis antecesores al Congreso Pleno, cuando también tuvieron que enfrentar grandes catástrofes naturales.

Quería saber cómo había respondido un liberal como Pedro Montt al terremoto de Valparaíso de 1906; o un radical como Pedro Aguirre Cerda frente al de Chillán en 1939; o un independiente como Jorge Alessandri al de Valdivia en 1960. ¿Qué dijeron entonces? ¿Qué nos habrían dicho hoy?

Todos ellos hablaron ante el Congreso Pleno desde sus propias convicciones. Y todos, sin excepción, apelaron a un mismo sentimiento patriótico. En momentos de dolor, adversidad y tristeza, dijeron entonces y nos repetirían hoy: ¡Chile debe unirse como una gran familia¡.

Chilenas y chilenos: tal como en 1906, 1939 o 1960, hoy también debemos unirnos como una gran familia para enfrentar y superar estos tiempos de dolor, adversidad y tristeza.

En estas trágicas circunstancias, debemos recordar que no hay caminos hacia la unidad. La unidad es el camino. En la unidad está la raíz de nuestra fuerza, y en la división,